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La entrada del rey manso. San Juan Pablo II

  La entrada en Jerusalén es un testimonio de la heredad profética en el corazón de ese pueblo que aclama a Cristo. Al mismo tiempo, es una verificación y una confirmación de que el Evangelio, anunciado por Él durante todo este tiempo, a partir del bautismo en el Jordán, da sus frutos. En efecto, el Mesías debía revelarse precisamente como este rey: manso, que cabalga sobre un borrico, un borriquillo hijo de asna; un rey que dirá de sí mismo: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz» (Jn 18, 37). Este rey, que entra en Jerusalén sobre un asno, es precisamente tal rey. Y los hombres que le siguen, parecen cercanos a este reino: al Reino que no es de este mundo. Efectivamente, gritan: «Hosanna en las alturas». Parecen ser precisamente aquellos que han escuchado su voz y que «son de la verdad». San Juan Pablo II. Homilía del domingo 12 de abril de 1981.

San José, maestro de vida interior. San Josemaría Escrivá

Él nos conduce y alienta. San Henry Newman

El arrepentimiento. Beato Columba Marmion

Crucificados a lo mundano. San Fulgencio de Ruspe

Un corazón puro. San Nectario de Egina

Llevar la Cruz de Cristo. San Juan de la Cruz

La Cuaresma es una invitación. San Juan Pablo II

El sabor de la experiencia. Don Gigo el Cartujo

Nuestra Señora de Lourdes. Benedicto XVI

Iluminar el mundo. Santa Hildegarda de Bingen

No volver para atrás. Amma Sincletica

Creer y confiar. Juan Tauler

Aferrarnos a Dios

Mirar el crucifijo. Santa Isabel de la Trinidad