La entrada en Jerusalén es un testimonio de la heredad profética en el corazón de ese pueblo que aclama a Cristo. Al mismo tiempo, es una verificación y una confirmación de que el Evangelio, anunciado por Él durante todo este tiempo, a partir del bautismo en el Jordán, da sus frutos. En efecto, el Mesías debía revelarse precisamente como este rey: manso, que cabalga sobre un borrico, un borriquillo hijo de asna; un rey que dirá de sí mismo: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz» (Jn 18, 37). Este rey, que entra en Jerusalén sobre un asno, es precisamente tal rey. Y los hombres que le siguen, parecen cercanos a este reino: al Reino que no es de este mundo. Efectivamente, gritan: «Hosanna en las alturas». Parecen ser precisamente aquellos que han escuchado su voz y que «son de la verdad». San Juan Pablo II. Homilía del domingo 12 de abril de 1981.
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